Tras plasmar su singular mirada en las películas Mía (2011) e Implosión (2021), Javier Van de Couter regresa a las salas de cine, esta vez en el marco de la “Competencia Argentina” de la 26º edición del Bafici a través de su película Tesis sobre una domesticación (2024). Se trata de la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Camila Sosa Villada, quien, a su vez, es la actriz protagónica y una de las guionistas del film.

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El relato audiovisual sigue a una mujer trans que ocupa el espacio que se ganó. Es actriz, es prestigiosa, está casada, gana dinero y se lanza a adoptar un hijo. Éxito laboral y personal, el sueño parece completo, la utopía familiar. Ella se desliza por esta tesis construyendo una nueva narrativa travesti que incluye el derecho al goce, la ambición, el glamour, la contradicción, y también se enfrenta a un interrogante: ¿cuál es el costo de sostener esta nueva e inesperada realidad?

¿En qué circunstancias conociste por primera vez la novela de Camila? Cuando la leíste en esa ocasión, ¿ya imaginabas una trasposición al ámbito audiovisual?

Tomé contacto con la versión literaria cuando Camila la presentó en Casa Brandon, en un lanzamiento de la Biblioteca Soy. También sabía por mi interés sobre lo que escribe Camila y porque teníamos un vínculo por haber trabajado juntos antes, ella como protagonista, en mi primera película Mia. Así que el interés era doble y súper genuino. Cuando la leí, inmediatamente, la pensé en cine, en imágenes. Ella, casi como un chiste, me preguntó: «¿Querés hacer la película?». ¡Y le respondí que sí! Además, le planteé: “La protagonizás vos y la escribimos juntos”. Quizás si eso no sucedía no sé si hubiese terminado dirigiendo esta peli, fue una buena decisión. Recuerdo que en pandemia nos juntábamos todos los domingos largas horas a través de Zoom. Así empezamos a darle forma hasta que se nos unió Laura Huberman a la adaptación, en el guion y en la producción.

¿Cuáles fueron los principales desafíos del trabajo conjunto en la adaptación y escritura del guion?

Por venir un poco del lenguaje de la actuación, pero también de la escritura de guion, ya tenía cierto entrenamiento para trabajar en equipo, entonces no me costó. Con Camila ya habíamos escrito La celebración, una serie a la que le fue súper bien, también la había dirigido en cine y en teatro. Por lo tanto, había ahí una conexión que, en ese ida y vuelta de pensar el guion, no era algo complejo. El proceso en esta película fue muy sano, divertido, colaborativo, inspirador, y un desafío. La versión literaria es súper potente y compleja, con muchas capas y personajes. La incorporación de Laura Huberman rompió un poco ese diálogo que veníamos teniendo, en el mejor sentido, para aportarle una nueva mirada, ¡fue muy orgánico!

El hecho de que se tratara de una historia ya conocida por el público a partir del libro de Camila, ¿resultaba una presión a la hora de abordar el largometraje?

Al trabajar con Camila perdía un poco el miedo a la expectativa de los otros, de lo que se espera. Sentir que estaba construyendo el guion de la mano de la autora de la novela, de algún modo, me tranquilizaba en relación a la expectativa de sus lectores. Ahora, estoy muy expectante por ver qué sucede. Cuando estrenamos la película en Morelia y en Chicago, me encontré con gente que ya había leído la novela, y también con muchas personas que, luego de ver la película, fueron a comprar el libro. Había ahí un juego muy lindo, de diálogo y potencia, pero también son dos obras distintas. La película se vuelve una pieza independiente de la novela. En la trasposición hay muchas decisiones relacionadas a la narrativa cinematográfica, que necesariamente van por otro lado, cuentan y construyen de otra manera. ¡Es una propuesta!

En el relato audiovisual se presentan varios contrastes en la vida de la protagonista. Uno de ellos es la oposición entre el ruido de la felicidad y la desesperación del silencio, ¿qué tuviste en cuenta para dicho tratamiento?

En la película hay dos espacios que se plantean: la ciudad y el pueblo. Hay una conexión que es el hilo conductor de eso: la actriz, el personaje central, que no se dice su nombre sino el rol. Entonces, creo que ese espacio va de la mano con el estado de ella. Es una película en la que, si bien hay un trabajo de observación de ese personaje, ella te cuenta a través de sus ojos, de su subjetividad. A veces ese contraste tiene que ver con su estado, y muchas veces con lo espacial. Ella está viviendo en ese departamento, con cierta vista urbana, que le da cierto poder y jerarquía. Ese lugar es como una pecera, donde no llega el sonido del tráfico, se vuelve un cubo de silencio y una cárcel vidriada, como la domesticación. En la novela hay una tercera persona que te va contando, acá podríamos intuir que esa tercera persona es un poco la cámara que observa, se aleja, escucha más y menos, va acompañando un derrotero.

Pensando en el título de la película, pero trasladándolo a tu camino artístico y profesional, ¿en qué etapa de tu tesis estás? ¿en qué consiste dicha exploración?

Hasta que se estrena una película, en el medio de uno pasan un montón de cosas a nivel profesional y artístico, en cómo uno se acerca a los materiales que está trabajando. En el caso de este film, también lo vi como una tesis fílmica. Fue una oportunidad para explorar un poco esas vidas y esos vínculos que me interesan contar. Yo me prendí mucho al personaje del abogado, será porque también soy gay. Hay algo de explorar ese erotismo, esa sexualidad. Hubo muchas tesis dentro de la tesis, y muchas hipótesis como director. En este momento histórico y político que estamos viviendo, traer una película como Tesis… a la escena viene a plantear una hipótesis y una cuestión muy poderosa, no solamente en relación a la cultura, sino también a las diversidades. Hay algo de todo eso que está en el aire, que lo estamos sintiendo, que nos estamos uniendo para decir.

¿Qué te representa estrenar la película en Argentina en el marco del Bafici?

Es un festival que siento muy cercano, no solamente por participar como director, sino porque me ha educado. No vengo de una formación técnica, ni académica, vengo del lenguaje de la actuación, y luego de la escritura, pero no me formé en una escuela de cine, por ejemplo. Entonces, el Bafici, al que voy desde hace 26 años, es un lugar donde aprendí muchas cosas viendo, charlando de cine, debatiendo después de las proyecciones. Más allá de lo que me representa a mí como director, me trae algo que tiene que ver con un lugar en el que aprendí a ver, a percibir el cine. Y como director siempre ha recibido mis trabajos, por lo tanto, me siento afortunado, es una ventana muy interesante. Lo apoyo y lo defiendo, es un espacio espectacular que tenemos que cuidar y preservar.