miércoles 02 de abril de 2025

En La propia piel (2025), Flora (Mora Recalde) construye su castillo de naipes con engaños sutiles: a su hija, a su madre, a su hermana. Todo por un último encuentro con Agustín (Guillermo Pfening), su exmarido, el hombre que hace tiempo ha dejado de mirarla como antes. Pero la vida, como siempre, tiene su propio ritmo y su propio sentido de ironía. Una cirugía de urgencia en la familia hará que su red de falsedades colapse, obligándola a enfrentar lo que más teme: que lo que se ha roto, no tiene arreglo.

La directora y actriz Guadalupe Docampo no necesita grandes gestos ni discursos para hablar de lo que nos marca. Con planos cerrados, miradas esquivas y silencios elocuentes, nos sumerge en un microcosmos donde cada detalle cuenta. Como si deslizara un bisturí sobre la epidermis de sus personajes, deja al descubierto lo que realmente late bajo la superficie: el desgaste de los afectos, el peso de la resignación y esa certeza dolorosa de que algunos vínculos duelen más cuando nos resistimos a soltarlos.

Aunque el drama es la columna vertebral del relato, La propia piel nunca pierde la capacidad de encontrar belleza en lo cotidiano. La comedia surge, no como alivio, sino como parte esencial del proceso de sanación. Es un humor que nace de la incomodidad, de los absurdos inevitables que rodean las relaciones humanas. La madre convaleciente, las conversaciones entre líneas, los ajustes de cuentas a destiempo: todo contribuye a que esta historia, con su aparente simpleza, se convierta en una obra de múltiples capas.

El cine breve tiene la capacidad de condensar en pocos minutos lo que otros formatos tardan horas en desarrollar. La propia piel es un ejemplo perfecto de esa economía narrativa llevada al máximo rendimiento. En menos de 15 minutos, Docampo nos confronta con lo inevitable: la fragilidad de los lazos familiares, la incomodidad del cambio y la necesidad de enfrentar nuestras propias ficciones para poder seguir adelante.