
Su Majestad (2025) no es una serie cualquiera sobre la realeza. Es una parodia feroz que desnuda, con sarcasmo y sin concesiones, los vicios de la monarquía española. Su humor, afilado e irreverente, desafía cualquier intento de corrección política, mientras que su narrativa convierte el boato institucional en una caricatura despiadada.
La historia sigue a Pilar, una princesa a la que nadie tomaba en serio (con razón), hasta que un escándalo sacude a la familia real. Su padre, el rey Alfonso XIV, se ve obligado a retirarse temporalmente en un intento desesperado por salvar su reputación—y no precisamente por méritos ejemplares. De la noche a la mañana, Pilar queda en el centro del huracán, obligada a lidiar con un legado de privilegios, corrupción y un sistema que se resiste a cambiar.
La serie no se limita a la comedia absurda; también lanza una crítica feroz a las instituciones que sostienen a la realeza. Muestra su falta de adaptación a los tiempos modernos, su desconexión con la ciudadanía y su peculiar manera de gestionar la justicia, la prensa y los fondos públicos. Todo ello envuelto en situaciones delirantes, diálogos afilados y un tono que recuerda a las mejores comedias políticas de las últimas décadas.
Los Borbones han protagonizado innumerables escándalos, pero pocos han sido contados con tanto ingenio. Su Majestad desmonta la imagen idealizada de la monarquía con una mirada ácida, exponiendo el nepotismo, la opulencia desmedida y la falta de transparencia con una sátira que transforma el horror institucional en carcajada asegurada.
Sin embargo, la serie va más allá de la burla. En el fondo, plantea una pregunta inevitable: ¿tiene sentido seguir sosteniendo una institución que, en la práctica, parece una parodia de sí misma? ¿Puede la corona adaptarse o está condenada a la irrelevancia? Aunque el guion no impone respuestas, sí deja claro que los discursos vacíos y las sonrisas forzadas ya no bastan para justificar su existencia.
El peso de la comedia recae sobre Anna Castillo, quien encarna a Pilar con un equilibrio perfecto entre torpeza y arrogancia. Su interpretación convierte a la protagonista en el reflejo de la paradoja real: una mujer que debe demostrar que merece un puesto que, en última instancia, nadie elige democráticamente. Ernesto Alterio, en el papel de su secretario, aporta un contrapunto hilarante con una actuación que oscila entre lo patético y lo brillante.
La dirección de Borja Cobeaga y Ginesta Guindal potencia la sátira con una puesta en escena que enfatiza el choque entre el esplendor monárquico y el absurdo de sus protagonistas. Cada encuadre y cada situación refuerzan la burla, convirtiendo los escenarios en parte del propio chiste. La fotografía y el diseño de producción no solo recrean una atmósfera lujosa, sino que la transforman en el telón de fondo ideal para exhibir la desconexión de la realeza con la realidad.
Su Majestad no es solo una serie, sino un espejo deformante en el que la monarquía difícilmente querrá verse reflejada. Y, sin embargo, pocas veces ha sido tan divertido observar su caída libre.







