
La Pilarcita, escrita y dirigida por María Marull, invita a los espectadores a reflexionar sobre la fe, la tradición y las relaciones humanas en un contexto rural, donde el milagro se presenta no como un evento extraordinario, sino como algo que se construye poco a poco, casi de manera artesanal. A través de esta historia, Marull nos ofrece una mirada profunda sobre el contraste entre los mundos urbano y rural, y cómo la devoción, aunque vinculada a lo místico, puede ser también una práctica cotidiana y accesible.
La trama sigue a Selva y su pareja, Horacio, quienes llegan al pequeño pueblo correntino de Concepción de Yaguareté buscando un milagro de La Pilarcita, una santa popular de la región. En un escenario sencillo, pero cargado de detalles que recrean la atmósfera del pueblo, la obra se despliega entre las interminables siestas y los silencios profundos que caracterizan la vida en este lugar. Aquí, la fe no es algo que se espera pasivamente, sino que se construye, se crea y se ofrece con dedicación.
La llegada de Selva y Horacio marca el inicio de una serie de encuentros con los habitantes del pueblo, entre los que se destacan Celina, la hija de los dueños del hotel donde se hospedan, y Celeste, una joven que borda trajes para comparseras. A través de la creación de una muñeca especial para pedir el milagro de La Pilarcita, se forja una extraña amistad entre Selva y Celeste, que transformará sus destinos para siempre.
Uno de los puntos más interesantes de La Pilarcita es la forma en que Marull explora el contraste entre el mundo rural y el urbano. Mientras que la ciudad, con su ruido y agitación, se presenta como un espacio donde las personas, rodeadas de multitudes, a menudo se sienten vacías y solas, el pueblo transcurre a otro ritmo, más pausado y conectado con los demás y con lo espiritual. Este contraste no solo plantea una reflexión sobre el modo de vida, sino también sobre cómo la soledad y la conexión auténtica dependen del entorno en el que nos encontramos.
Además, la obra entrelaza lo místico y lo pagano al presentar a La Pilarcita como una figura que, lejos de pertenecer al ámbito exclusivo de la religión institucionalizada, se inserta en la vida cotidiana del pueblo. Marull logra mostrar cómo la devoción popular no se limita a lo religioso, sino que también conecta con lo ancestral y lo folklórico, ofreciendo una visión de la fe que se nutre de la tradición y la espiritualidad popular. Así, lo místico deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una experiencia tangible para los habitantes del pueblo.
Otro aspecto destacable es la escritura de Marull, que se caracteriza por su precisión y sensibilidad. La dramaturga equilibra de manera excepcional el humor con la reflexión, creando un espacio donde el público puede adentrarse tanto en el mundo rural como en el urbano. Las actuaciones, a cargo de Agustina Cabo, Julia Catalá, Mercedes Moltedo y Julián Rodríguez Rona, son impecables, logrando que los personajes cobren vida y transmitan sus emociones con una naturalidad que emociona.
La Pilarcita es una obra que invita a reflexionar sobre los milagros en la vida cotidiana. No siempre llegan de manera abrupta o inesperada; muchas veces son el resultado de nuestras acciones diarias, de la dedicación, y de la fe en los demás y en uno mismo. Con destreza y sabiduría, Marull nos deja una reflexión sobre lo que realmente significa un milagro en la vida humana, y cómo este se construye en la interacción entre lo místico, lo popular y lo cotidiano.







