
miércoles 29 de enero de 2025
La ópera prima de Elena Manrique, Fin de fiesta (2024), parte de una premisa que en principio resulta interesante: la historia de un inmigrante africano que se esconde en el cobertizo de una mansión en Andalucía mientras observa las complejas dinámicas entre la señora de la casa, Carmina, y su joven sirvienta, Lupe. A medida que avanza la trama, las tensiones aumentan, especialmente cuando ambas mujeres descubren al intruso y deciden ocultar su presencia. Este punto de partida podría haber derivado en una exploración intrigante de las relaciones de poder y la hipocresía social, pero la película se diluye en personajes acartonados, un humor que nunca llega a cuajar y un tono desbordado que la aleja de cualquier impacto real.
La narrativa se ve lastrada por personajes que rápidamente caen en el cliché, privando a la historia de matices y profundidad. Lo que podría haber suscitado un debate interesante se convierte en un relato predecible, donde incluso el supuesto giro argumental—que debería haber sido un punto de inflexión—se percibe como insustancial y forzado.
El mayor problema radica en la actuación de Sonia Barba, cuya interpretación de Carmina se siente más adecuada para el teatro que para el cine. Su tono excesivamente impostado, aunque en un principio parece encajar con el personaje, termina por resultar inverosímil y monótono. Dado que gran parte del peso del film recae sobre ella, su histrionismo desmedido afecta el conjunto, dejando una sensación general de exageración más que de autenticidad.
Este exceso interpretativo podría haber encontrado justificación en un tono cómico bien definido, pero Fin de fiesta nunca logra consolidar su apuesta por la comedia. La película oscila entre la farsa y el drama sin encontrar un equilibrio, lo que dificulta la conexión con el espectador y deja la pregunta abierta: ¿dónde está el humor en esta supuesta comedia?
Si hay algo rescatable en el film, es la actuación de Beatriz Arjona en el papel de Lupe. A diferencia de Barba, Arjona logra dotar a su personaje de una naturalidad que contrasta con la exageración del resto del elenco. Su interpretación aporta credibilidad y matices, convirtiéndola en el único respiro dentro de una película que, por lo demás, se ahoga en lo superficial.
En definitiva, el debut en la dirección de Elena Manrique no logra la complejidad ni la empatía que una historia de estas características requiere. Aunque la idea inicial tenía potencial, Fin de fiesta tropieza con estereotipos y artificios que intentan ser compensados con el magnetismo de su escenario: una mansión andaluza de familia adinerada que, pese a su atractivo visual, no es suficiente para sostener una película sin sustancia.







