
Megalópolis (2024) es una obra desmesurada, furiosa y grandilocuente; una de esas películas que solo un cineasta de la talla de Coppola podría realizar a su antojo. Un proyecto que arrastra desde 1980, que ha iniciado su preproducción justo antes de los atentados del 11 de septiembre y retomado tras la pandemia del Covid-19.
El director de Apocalypse Now (1979) y La ley de la calle (Rumble Fish, 1983) siempre tuvo una relación problemática con la industria que ayudó a revitalizar en los años 70, cuando el «Nuevo Hollywood» alcanzaba su apogeo. Junto a figuras como Martin Scorsese, Brian De Palma, Steven Spielberg y Michael Cimino, Coppola encontró en la crisis de los grandes estudios la oportunidad de repensar los géneros cinematográficos y aportar su visión de autor dentro de la estructura establecida. Sin embargo, esa oportunidad nunca se repetirá.
Tal vez por esto, Coppola sea el cineasta que menos ha logrado replicar sus éxitos a lo largo del tiempo. Tras un breve renacimiento del cine de autor en los años 90, con El padrino: Parte III (1990) y Drácula de Bram Stoker (1992), sus esfuerzos por financiar proyectos propios fueron siempre problemáticos. En una industria que prioriza lo convencional y previsible, Coppola parece haberse quedado fuera, pues su enfoque en ideas originales supone un riesgo económico que los estudios no están dispuestos a asumir.
Para financiar Megalópolis, Coppola utilizó sus propios recursos, llegando incluso a vender algunos viñedos de su propiedad después de no conseguir apoyo externo. El cineasta recurrió a su prestigio para atraer a un elenco de estrellas como Adam Driver, quien interpreta el papel principal, y otros actores consagrados como Dustin Hoffman, Jon Voight, Jason Schwartzman, Talia Shire, Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza, Shia LaBeouf y Laurence Fishburne, entre otros. De esta manera, Coppola construye lo que él mismo describe como una «fábula política», ambientada en un Nueva York decadente que funciona como alegoría del Imperio Romano. «Mi intención era escribir una epopeya romana ambientada en un Nueva York contemporáneo que copia la Antigua Roma», sentenció. Referencias como Fellini Satyricon (1969) y Ben Hur (1959) son solo algunas de las muchas citas cinematográficas evidentes, junto con Metrópolis (1925) de Fritz Lang y otras más. Incluso vemos el Coliseo Romano en el Madison Square Garden, donde se lleva a cabo una carrera de carros como en el film con Charlton Heston.
La película fue rodada en Atlanta, Georgia, donde creó instalaciones para ensayos, postproducción y edición, incluyendo un estudio de grabación y un teatro de mezcla de sonido. Coppola ha declarado que el germen inicial de su Megalópolis surgió cuando, siendo niño, vio Lo que Vendrá (Things to Come, 1936) una película clásica de Ciencia Ficción basada en la novela de H.G. Wells, dirigida por William Cameron Menzies, que exploraba la construcción del «mundo del mañana». Sin embargo, el argumento está libremente inspirado por la Conspiración Catilinaria, ocurrida en el año 63 a.C. En este evento, el aristócrata romano Lucio Sergio Catilina intentó derrocar la República Romana. Si su golpe de estado hubiera tenido éxito, habría destituido a la élite gobernante y liberado a las clases bajas de la deuda.
La historia sigue a César (Adam Driver), un visionario que posee el poder de detener el tiempo. Este personaje parece ser una suerte de alter ego de Coppola en Hollywood: un genio incomprendido que lucha por imponer sus ideas de progreso ante el conservador alcalde de la ciudad (Giancarlo Esposito). César es un ser soberbio, introvertido, incapaz de comunicar sus visiones a una población distraída por el entretenimiento decadente que domina el mundo. En este «circo romano», Coppola crítica a los medios de comunicación, la corrupción política y otros grandes males contemporáneos, que arrastran consigo la contaminación ambiental y las mezquindades humanas, amenazando el futuro del planeta tal como lo conocemos. Aunque su discurso puede tener razón, la forma en que lo transmite—barroca, visualmente excesiva y verborrágica—genera una sensación de agotamiento que puede jugar en contra del impacto de su mensaje.
A pesar de esto, Megalópolis merece ser vista, y si es posible, en una sala de cine, donde se aprecian mejor los múltiples detalles de su sobrecargada puesta en escena, las referencias cinéfilas y los efectos especiales que se utilizan de manera conjunta en cada plano. La película es una condensación de una catarata de ideas que, por lo general, parecen escasear en el cine actual, que a menudo se conforma con ofrecer productos vacíos de contenido.
Al principio de la película, el personaje de Adam Driver tambalea al borde del vacío desde la cima del Empire State. Ese intento de salto al vacío es, quizás, la metáfora más precisa del propio Coppola al realizar esta megaproducción. Un salto admirable, no solo por su osadía y desparpajo, sino también por el riesgo que implica en un momento en que el cine de autor parece ser una especie en extinción.







