lunes 18 de noviembre de 2024

La trayectoria de María de los Ángeles «Chiqui» González trasciende disciplinas y épocas, consolidándola como una de las figuras más influyentes en la cultura argentina contemporánea. La sociedad del afecto (2024), el documental dirigido por Alejandra Marino y Marcela Marcolini, rinde homenaje a esta creadora destacada, recorriendo los hitos de su vida y obra.

Conocida como Chiqui González, además de haber sido Ministra de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe (2007–2019), fue una mujer polifacética, cuyo legado abarca diversas disciplinas: abogada, activista, creadora teatral, docente y, por encima de todo, una visionaria que entendió el arte como una poderosa herramienta de transformación social. Su figura representa la intersección entre la resistencia política y la creatividad disruptiva, especialmente en contextos de represión y violencia.

La sociedad del afecto no solo revive los momentos más destacados de su trayectoria, sino que ofrece una mirada profunda de su vida y pensamiento. El documental se presenta como un collage audiovisual, que mezcla entrevistas, imágenes de archivo y reconstrucciones simbólicas para construir un relato tanto íntimo como colectivo. La estructura del film se enfoca en hitos clave de la vida de González, desde su activismo en tiempos de dictadura hasta la creación del Tríptico de la Infancia, una serie de espacios públicos destinados a que los niños exploren su imaginación.

El eje temático de la película radica en la relación entre afecto y juego como herramientas de resistencia ante la opresión. González concebía el acto de jugar no solo como un derecho de la infancia, sino como una práctica emancipadora. Esta visión se materializa en los espacios lúdicos que diseñó, donde los niños no solo jugaban, sino que también aprendían a imaginar futuros alternativos.

El documental subraya que esta concepción del juego no es meramente recreativa; tiene una dimensión profundamente política. González comprendía que “quienes juegan pueden inventar realidades, y quienes pueden inventar realidades no serán dominados”. Las realizadoras logran transmitir esta visión con imágenes cargadas de simbolismo, que refuerzan el mensaje de que el arte y el juego son poderosos motores de cambio.

Sin embargo, a pesar de captar la esencia del trabajo de González, el film a veces se siente más como una celebración que como un análisis crítico de su legado. Las realizadoras optan por resaltar los logros y la visión de González sin profundizar en las tensiones o contradicciones que inevitablemente acompañan cualquier proceso de transformación cultural.  No obstante, el documental compensa esta omisión con una narrativa envolvente que invita a reflexionar sobre el lugar del arte y el afecto en la construcción de sociedades más justas.

La sociedad del afecto se presenta, en definitiva, como un acto de memoria y reivindicación que conecta pasado y presente a través de la figura de González. Marino y Marcolini logran un documental sensible que resalta la importancia de la imaginación y el juego como pilares fundamentales de una resistencia cultural, recordando que el arte tiene el poder de transformar tanto a individuos como a colectivos.