
La realización de una película puede compararse, de manera metafórica, con el ascenso de una montaña. De hecho, años atrás, el cineasta Federico Luis arrancó una travesía cinematográfica llamada Simón de la montaña (2024), a la que, a lo largo del tiempo, fueron sumándose diversas personas, entre ellas, Lorenzo “Toto” Ferro, Kiara Supini y Pehuén Pedre. Tras pasar las diferentes etapas de toda obra audiovisual, con los desafíos que cada una implica, el equipo ha llegado a la cima del elevado terreno. Es que, luego de su distinguido recorrido festivalero por el mundo, la ópera prima debuta este jueves en las salas de cine argentinas.
El relato sigue a Simón (Ferro), un joven de 21 años que vive al borde de la Cordillera y se presenta a sí mismo como ayudante de mudanzas. Dice no saber cocinar ni limpiar el baño, pero sí hacer la cama. Cuando comienza a pasar tiempo con un grupo de chicos con diversas condiciones mentales y físicas parece convertirse en otra persona. Una historia de deseo, amor y sentimiento de pertenencia.
Antes de hacer Simón de la montaña, ya habían compartido el corto Cómo ser Pehuén Pedre (2024), que incluso tiene puntos de contacto con el largo, ¿cómo surgió su vínculo?
Federico Luis: Con Pehuén primero fuimos amigos afuera de la película, y después nos hicimos más amigos. Al crear un vínculo entre dos personas que somos muy distintas en muchas cosas, y muy parecidas en otras, en encontrar qué cosas yo podía invitar a Pehuén a hacer en mi vida, y qué cosas él me podía invitar en la suya, fuimos hallando cuestiones que luego se fueron traduciendo a escenas y personajes, en este caso, en Simón de la montaña.
Pehuén Pedré: A veces veo a Fede muy igual a mí, y en algunas cosas me parezco mucho a él. Por empezar, los dos nacimos en 1990. Somos muy amigos gracias a Tamara Garzón, que también fue una parte importante en todo esto; ¡nos conocimos con Fede y salió una película!
Al momento de pasar frente a cámara, Pehuén, ¿cómo viviste la experiencia actoral?
P.P: La verdad fue muy buena, se formó una familia, aparte a Fede lo quiero como un hermano, todo se hizo más ameno. La escena que más me encanta de la película es en la que estoy con el director del Centro de Día, y una que padecí un poquito fue la de la pileta, por el frío (risas).
Federico, considerando el guion y la dirección, ¿qué aspectos tuviste en cuenta desde lo narrativo?
F.L: Me pareció que, por ahí, a través de estos personajes se podía intentar cuestionar un montón de lugares comunes, una forma de pensar sobre la diferencia y sobre las capacidades de los seres humanos. Que por medio de un cuento en el que hay un personaje que pareciera ser un extraño dentro de un mundo con personas de muy diversas condiciones mentales y físicas, donde pareciera que la vida es un poco más libre, se podía tratar de hacer un pequeño viaje a la luna, hacia algo desconocido, pensando cómo lo vería después el espectador, y la experiencia que se llevaría tras ver la película.
En un mundo actual que busca respuestas rápidas, Simón de la montaña plantea muchas preguntas, incluso algunas se asientan para que cada espectador reflexione post función, ¿hay interrogantes que hayas tenido en torno a esta historia y aún te siguen resonando?
F.L: “¿Sabés hacer la cama?”, “¿Sabés limpiar el baño?”, “¿Sabés cocinar”, “¿Sabés vivir solo?”. Vuelvo a pensar en esas preguntas que parecen muy sencillas, que están en la película, y que Pehuén me dijo que me iban a hacer cuando yo fuese a ver si tenía las capacidades para conseguir un certificado de discapacidad. Hay un montón de cosas que parecen ser de lo más elemental de la vida y cuando te las planteás, como una catarata de preguntas, una atrás de la otra, por ahí te sorprendés bastante en cómo quedan mis respuestas y cómo quedan, por ejemplo, las de Pehuén. Quizás hay una oportunidad de aprender a no saber, a ver la capacidad que otros tienen para resolver de forma muy distinta las cosas más elementales de la vida. Después, me aparecen otras preguntas mucho más complejas, sobre el amor, la construcción de la identidad, el escuchar al otro.
En la película, la montaña no solo envuelve a los personajes, sino que ocupa un rol central dentro del relato, ¿cuáles fueron las singularidades de ese escenario natural para rodar?
P.P: Es medio loco porque yo antes de Simón de la montaña tenía pocos sueños: grabar una película, conocer Mendoza y viajar en avión. ¡Hice las tres en un tirón! Y la verdad que fue único porque la montaña es una cosa hermosa que nos regala la naturaleza. Mi nombre, Pehuén, significa “niño de la montaña”.
Kiara Supini: Para mí, grabar en la montaña fue increíble. Fue la primera vez que hacía este tipo de cosas. Me siento muy feliz de poder trabajar con ellos, ¡es todo un orgullo!
Lorenzo Ferro: La montaña también es una presencia majestuosa. Ayudó mucho estar lejos de casa, siento que mi personaje no encuentra un hogar en la vida. Entonces, lo está buscando constantemente, dónde sentirse querido, que es lo que buscamos la mayoría, a veces lo aceptamos más, a veces menos. Algo que tiene la naturaleza es que no te juzga, por eso hay que aprender a ser como las montañas. Hay una frase de un escritor que me gusta mucho, Fabián Casas, que plantea que la naturaleza no es mala, pero inventó al hombre para contemplarse a sí misma, y va en contra de la idea de que el hombre va a contemplarse a sí mismo a la naturaleza. Uno se siente muy chico frente a la montaña, ¡eso te pone en un estado valioso para actuar!
Representación, imitación… palabras que a veces se usan como sinónimos, pero hay diferencias, ¿cómo fue bucear en este aspecto a la hora de construir a Simón?
L.F: Al principio, me sentía muy incómodo frente a la idea de hacer sentir incómodo a Pehuén, porque yo, en un punto, estaba tratando de imitarlo, que es algo imposible, es muy difícil hacer de otra persona. Entonces, tenía miedo de lastimarlo con esas imitaciones, que a veces, para mí, eran un poco burdas. Hubo un día en el que tuvimos que frenar todo, apagar la cámara y sentarnos a hablar con Pehuén, SofiÌa Brihet y Fede sobre la representación. Fue entender que yo no iba a hacer de Pehuén, sino que iba a agarrar ciertos elementos, quizás corporales que él tenía, e inventar algo propio con mis herramientas mentales, se iba a armar algo nuevo. Ahí fue apareciendo Simón, que por momentos es “Simón 1”, por ejemplo, con la madre y con la gente que lo conoce desde antes, y “Simón 2” con este nuevo grupo de amigos. Va variando entre uno y otro.
Asimismo, hay múltiples interacciones entre los personajes, ¿cómo fue la labor en la dupla Toto-Kiara?
K.S: Mi experiencia trabajando con este chico es un orgullo. Él es un crack. Mi sueño era trabajar con él y poder conocerlo.
L.F: Para mí también fue un orgullo descubrir a esta increíble actriz. La verdad es que su presencia, sus grandes capacidades actorales, su manera de habitar los espacios enfrente de la cámara, me ayudaron mucho para vulnerabilizarme, en un buen sentido, ya que ella proponía todo el tiempo cosas nuevas y por ahí yo tenía la escena muy ensayada y sabía a qué lugares tenía que ir. Kiara iba todo el tiempo por otros lugares, eso le daba frescura, a mí me daba frescura, y me obligaba a estar habitando el presente, que es el lugar en el que uno tiene que aspirar a estar todo el tiempo en la actuación.
Cahiers du cinema postuló que “Simón de la montaña se acerca mucho a la cima”. Partiendo de esta premisa, y comparando tu camino con el tránsito de una montaña, Lorenzo, ¿cuál considerás que es tu cima, ya sea profesional y/o personal? ¿creés que la alcanzaste?
L.F: No creo… O sea, me gustaría saber que si algún día llego a la cima y la montaña es de una manera, la cima se da vuelta y hay que ir ahí. Como que se invierte el triángulo todo el tiempo, para que siempre aparezca de nuevo la cima, que sea un camino interminable hacia allí. La cima no existe, o digamos que está en los pasillos y las salas de espera, no donde uno cree.
La película aborda el concepto de refugio, a través de un grupo humano en el que Simón se siente protegido. Fuera de la ficción, Federico, ¿cuál considerás que es tu refugio?
F.L: Mi refugio está en la curiosidad. Creo que cuando no siento curiosidad, cuando la posibilidad de desplegarla no está disponible, por cómo soy yo, entro en estados emocionales que no son los que más me gustan. Mientras que cuando sí puedo compartir un viaje o una película, o conocer a alguien que me despierta mucha curiosidad, me dan ganas de hacer muchas cosas, hasta las más chiquitas, como ir a una pileta o dar un paseo. Uniendo esto a la película, quizás he escuchado varias veces que las personas la reciben como una propuesta que, además de hacer preguntas, incomoda. Me pregunto mucho qué es lo que les incomoda. Tengo mis teorías, pero me las voy a guardar para que después cada uno pueda hacer la suya. Me parece bien interesante pensar, si uno se siente incómodo, qué es lo que le incomoda.
El film llega a las salas argentinas tras un destacado recorrido festivalero por el mundo. ¿Qué balance hacen ustedes de Simón de la montaña en sus vidas?
K.S: Lo que más me gustó fue hacer de la Colo. Más allá de eso, la película fue una experiencia única, la más importante que viví en toda mi vida, jamás lo imaginé, la verdad es que estoy cumpliendo un sueño. Y, hablando de la montaña, es como un efecto cariñoso y de amistad para la naturaleza. Mis compañeros son unos actores de lujo, todavía no puedo creer haber trabajado con ellos. Y quien más me cambió la vida fue Federico Luis.
L.F: Un poco lo mismo que le pasó a Kiara. Conocí a gente muy hermosa. Creo que lo lindo del cine es formar familias, saber y sentir que todos, por lo menos por un lapso de dos meses, estamos empujando el barco hacia un mismo lugar, que es concretar los deseos de una persona por mostrar su manera de ser. En este caso, en esta película, diría que es la ternura y la personalidad.







