La versión de Eduardo II, dirigida por Alejandro Tantanian y traducida por Carlos Gamerro, ofrece una relectura del monarca inglés que profundiza en las tensiones entre lo político y lo personal, lo queer y lo heteronormativo. El protagonista, Eduardo II (Agustín Pardella), se enfrenta a la complejidad de su rol como rey mientras intenta mantener cerca a su favorito, Gaveston. Este vínculo desafía las normas de la nobleza y el clero, generando un conflicto que no solo afecta su vida personal, sino que también pone en riesgo la estabilidad del reino.

La narrativa va más allá de un simple enfrentamiento entre personajes; revela las dinámicas de poder que configuran las relaciones sociales en la corte inglesa. La lucha de Eduardo no se limita a la búsqueda del trono, sino que también representa su anhelo de libertad personal, un intento por conciliar su deseo con sus responsabilidades como gobernante.

La relación entre Eduardo y Gaveston se convierte en el eje central del conflicto. Más allá de su conexión afectiva, el rechazo que provoca en la corte destaca la rigidez de las estructuras de poder y las limitaciones que imponen a las libertades individuales. El deseo de Eduardo de mantener a Gaveston a su lado es visto como una amenaza por la nobleza, que considera este vínculo una fractura del orden establecido.

La obra presenta una mirada abiertamente queer al reinado de Eduardo II, planteando una utopía en la que el amor y el deseo desafían las convenciones sociales y políticas. Sin embargo, también se muestra la distopía que surge cuando estos deseos entran en conflicto con las expectativas sociales.

El personaje de la Reina Isabel (Sofía Gala Castiglione) añade una dimensión política clave al relato. Su conspiración con Mortimer (Patricio Aramburu) para derrocar a Eduardo no es simplemente una traición, sino una estrategia astuta que utiliza las estructuras de poder a su favor. Isabel se convierte en un agente de cambio, y su ambición, junto con la manipulación de alianzas, resulta crucial para desestabilizar al rey.

El vínculo entre Isabel y Mortimer contrasta con el de Eduardo y Gaveston. Mientras Eduardo intenta equilibrar su vida personal con su rol como rey, Isabel y Mortimer emplean sus posiciones para alcanzar un control absoluto sobre el reino. Esta dinámica expone las diferencias entre quienes desafían las normas establecidas y quienes las utilizan para su beneficio.

La grandilocuente puesta en escena se erige como un componente fundamental de la obra, integrando cuidadosamente distintos recursos escenográficos y visuales. Las estructuras móviles y las columnas de madera, combinadas con un vestuario que fusiona lo futurista con lo épico, junto a proyecciones audiovisuales, todas diseñadas por Oria Puppo, generan una atmósfera en la que tiempo y espacio se entrelazan de manera fluida. Esta sinergia no solo aporta monumentalidad a la obra, sino que también la dota de una dimensión simbólica y sensorial. El espectador es transportado hacia una interpretación postmoderna que trasciende el marco histórico tradicional, ofreciéndole una experiencia inmersiva, visceral y profundamente contemporánea, en la que los significados históricos son reconfigurados y resignificados desde una óptica actual.

Los colores vibrantes y la música perfomática de Axel Krygier, que resuena en momentos clave crean una atmósfera casi festiva, evocando a veces la energía de una rave en el escenario y celebrando lo queer. Por otro lado, en las escenas donde la traición y el drama toma protagonismo, se incorporan elementos operísticos que intensifican las emociones a través de la música, añadiendo una carga dramática que va más allá de las palabras. Esta combinación de estilos transforma cada escena en un espacio de experimentación visual y sonora, expandiendo los límites del teatro tradicional.

La adaptación libre de Tantanian y Gamerro no se limita a ofrecer una visión tradicional del reinado de Eduardo II; plantea, en cambio, un diálogo con problemáticas contemporáneas relacionadas con el poder, la identidad y la resistencia a las normas establecidas. Al final, El trágico reinado de Eduardo II, la dolorosa muerte de su amado Gaveston, las intrigas de la Reina Isabel y el ascenso y caída del arrogante Mortimer no solo revive una historia del pasado, sino que se convierte en un espejo que refleja las luchas actuales en torno a la libertad, la aceptación y el derecho a ser uno mismo en un mundo que a menudo se aferra a sus convenciones.