
sábado 31 de agosto de 2024
La historia de Inexpertos sigue a cuatro estudiantes en su primera semana de secundaria, ese momento crucial en el que el mundo se divide entre los que sobreviven y los que hacen el ridículo. Lo que comienza como una noche de desenfreno, con las típicas esperanzas de ser «la mejor fiesta de todas», rápidamente se convierte en un desastre anunciado, una sucesión de eventos que intentan ser graciosos, pero que solo provocan vergüenza ajena.
Benj, un joven más inseguro que un perro en una tienda de gatos, se ha enamorado de Bailey, la amiga de su hermana mayor. Mientras tanto, sus amigos Connor, Eddie y Koosh están más obsesionados con escalar la pirámide social del instituto que con aprender la regla del tres. Este sería el escenario perfecto para explorar temas como la amistad y el autodescubrimiento… si la película no hubiera fallado tan espectacularmente en capturar la esencia de ser joven y torpe.
La película se tambalea entre el humor grueso y esos momentos que intentan ser tiernos, pero en lugar de encontrar un equilibrio, parece una montaña rusa descontrolada a la que se le han roto los frenos. Los directores, famosos por su humor irreverente en series como It’s Always Sunny in Philadelphia y The Mick, parecen perder la brújula al intentar trasladar ese tono al cine. Algunos chistes provocan una sonrisa—quizá forzada, tal vez nerviosa—pero la mayoría generan incomodidad, como cuando alguien hace un brindis incómodo en una reunión familiar.
El joven elenco hace lo que puede, pero parece que están atrapados en una especie de prisión narrativa de la que no hay escapatoria. Los personajes son más un catálogo de estereotipos adolescentes que personas reales: el nerd enamorado, el chico popular que busca desesperadamente aprobación, y el payaso de la clase que cree que ser el bufón le dará puntos extra en la vida. Las actuaciones son enérgicas, eso hay que rescatarlo, pero no logran salvar un guion que no decide si quiere ser una parodia exagerada o una reflexión sobre la adolescencia.
Inexpertos parece querer rendir homenaje a las comedias adolescentes de culto que definieron una generación, pero se enreda en sus propios pies en el proceso. Lo que podría haber sido una revisión ingeniosa y divertida de los problemas juveniles se convierte en un desfile de gags gastados y situaciones ridículas que nunca encuentran su ritmo. En su intento desesperado por ser todo—desde la nueva Superbad hasta un drama indie—la película termina siendo absolutamente nada. Un triste monumento a la falta de autoconciencia, que solo logra inspirar lástima… o en el mejor de los casos, un bostezo.







